
Guarece mi piel de los erizos
que pinchan su ansia sin miramiento,
y en un bolero con tu aliento
lluéveme besos plomizos.
Extinéndete en las ayunas
que me han amontonado el deseo,
que piden el sable de tu fuego
para cortarle los pies a la luna.
Reinventa un reloj imperecedero
que no distinga noche y día
que diluya su tienpo y las semillas
del amanecer inquieto.
Excava en la lava de mi sed
atravesando los jadeos
que caracolean en el cuello
con los himnos de burdel.
Transformame en arcilla,
entre tus tactos y mi flujo
y las hambrunas sin cortinas
haz de mí tu diluvio.
Enloqueceme sin celosías
que nada quede al descubierto
savia en lenguas sobre el cuerpo
y en su subsuelo tu hombría.
Esencia
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