
Cae la tarde y el desespero
de los verdes luceros que te adoran
en la estación de las horas
donde esperan los latidos tu regreso.
Por los railes las corrientes
mordiendo labios a los segundos
que eternizan su perfume un mundo
y hacen nudo a lo paciente.
Siento mi pálpito junto al poema
donde tus letras llevan mi nombre
y siento así que nada rompe
el calor de nuestra común hoguera.
Amo la grandeza del ocaso
y tomo la paleta de colores
para pintar la esperanza a mis ardores
de la inquieta espera de tus manos.
Veo tu rostro pedirme mimos
y chispean los hilos de mi sonrisa
ahí donde estás te roza su brisa
ahí donde quedo está tu sino.
Esencia
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